En la Ciudad de México, la mayor metrópoli de América Latina, la calidad se construye de dos maneras simultáneas: con certificaciones internacionales en los pisos corporativos y con décadas de oficio en las esquinas del barrio. El desafío es unir ambos mundos.
Ciudad de México, la mayor metrópoli de América Latina y escenario de una economía que combina modernidad corporativa y vitalidad informal. / Foto: Mercosur Economic
La Ciudad de México (CDMX) es un laboratorio vivo de lo que significa gestionar la calidad en una economía dual. Con más de 21 millones de habitantes en su zona metropolitana y una actividad económica que la posiciona entre las 10 urbes más influyentes de América Latina, la capital mexicana enfrenta un dilema que resuena en toda la región: ¿cómo elevar los estándares de calidad de manera sistémica cuando la informalidad representa más de la mitad de la economía activa?
ISO 9001 en la cima, informalidad en la base
Las grandes corporaciones instaladas en el corredor financiero de Paseo de la Reforma o en los parques empresariales de Santa Fe operan bajo marcos internacionales de calidad. La adopción de la norma ISO 9001:2015 entre empresas exportadoras mexicanas ha crecido de forma constante en la última década, impulsada por los requisitos de cadenas de suministro globales y los compromisos del T-MEC. Sin embargo, esta realidad contrasta con la de la micro y pequeña empresa, que representa más del 95% del tejido productivo del país y que en la mayoría de los casos gestiona la calidad de manera empírica, sin acceso a sistemas formalizados de mejora continua.
Contexto: calidad y economía en México
- Más del 55% de la población económicamente activa de la CDMX trabaja en la informalidad (INEGI).
- México cuenta con organismos como la Entidad Mexicana de Acreditación (EMA) y el Centro Nacional de Metrología (CENAM) para el fomento de estándares.
- La adopción de ISO 9001 se concentra en grandes empresas exportadoras vinculadas al T-MEC.
- La micro y pequeña empresa representa más del 95% del tejido productivo nacional.
La calidad como práctica cultural, no solo como sistema
Uno de los rasgos más llamativos del mercado mexicano es que el consumidor capitalino ha desarrollado un sofisticado criterio de calidad percibida, independientemente de si el proveedor cuenta o no con certificaciones formales. El comerciante de barrio que repite el mismo proceso durante décadas, el artesano que cuida cada detalle de su producto, el mecánico que garantiza su trabajo con la reputación construida en años: todos ellos gestionan la calidad sin llamarla así. Esta cultura del oficio representa un capital intangible enorme que, sin embargo, rara vez se conecta con los marcos formales de gestión.
«En México, la calidad más rigurosa a veces no está en el certificado ISO; está en la mano que repite el mismo oficio con precisión desde hace décadas.»
El reto institucional: cerrar la brecha
El verdadero desafío para México no es técnico sino cultural e institucional. Organismos de fomento, cámaras empresariales y el propio gobierno de la CDMX han impulsado programas de certificación accesibles para pequeñas empresas, pero la adopción sigue siendo baja. Los especialistas en gestión de calidad señalan que el obstáculo principal es la percepción de que certificarse es un costo, no una inversión. Cambiar esa percepción —y demostrar con casos concretos que los sistemas de calidad mejoran la rentabilidad y la competitividad— es la tarea pendiente para los próximos años.
En el contexto del MERCOSUR y de la integración económica latinoamericana, la experiencia mexicana ofrece lecciones valiosas: la calidad no puede imponerse desde arriba sin acompañamiento, ni florecer desde abajo sin estructura. El equilibrio entre ambas dimensiones definirá la competitividad de la región en la próxima década.